Crítica a los “críticos”

Stravinsky solía decir que a la música hay que escucharla, porque oírla, ya la oyen los patos. Esto quiere decir que escuchar música requiere un esfuerzo mental que se canaliza en su consecuente comprensión intelectual. A partir de ahí, y aportando conocimientos sobre la materia, se da el juicio, la crítica; el razonamiento de por qué una obra es buena, mala, malísima o excelentísima.

Me confieso lectora, entre otras cosas, de reseñas y crónicas; leer la crítica de las obras y eventos que más me gustan es un ejercicio que no quisiera dejar de hacer y que, sin embargo, cada vez llevo a cabo con menos interés. Como quien lee llover, alguien diría. Esto sucede porque demasiados críticos no pasan hoy de comportarse como meros espectadores a la salida del cine y se limitan a decir que un disco es bueno o malo basándose única y exclusivamente en sus gustos personales, y lo que es aún peor —no quiero decirlo, pero lo diré—, con una mezcla de ingenuidad y presunción tienden a creer que el suyo es el criterio que por ley manda —como si decir lo que nos gusta y lo que no, no estuviera al alcance de cualquiera— y no admiten ni lecciones ni veredictos de nadie (sería inadmisible que otro subrayara con su talento la mediocridad de tantos). Por si esto no fuera suficiente, he notado que no pocos de estos críticos adoptan una actitud provocadora o transgresora que, en contra de lo que desean, deja indiferente al lector.

Atrás quedaron los recursos de los comentaristas para dar validez a lo que exponen. Nada queda ya del buen uso de la dialéctica por escrito. Ni rastro de la capacidad de explicar por qué las obras son buenas o malas con argumentos razonables valiéndose de los supuestos conocimientos sobre la historia del arte al que han decidido criticar. A menudo hasta son incapaces de asociar lo nuevo con lo que lo antecede, de distinguir entre causa y efecto o, simplemente, de comprender aquello que se les ha antojado analizar. En conjunto, más que juzgar un trabajo, lo que hacen es dejar a la vista unas carencias intelectuales importantes y, en el mejor de los casos —oh, sorpresa—, plagadas de retórica barata y metáforas mal usadas que los acercan más a la pedantería que a la erudición.

Quien pretenda hacer una buena crítica o reseñar de manera notable una obra —de pintura, de literatura, de cine… el campo que sea—, debe procurarse antes un pozo de saberes de la rama pertinente y beber de ahí hasta embriagarse lo suficiente como para tener una resaca que dure tanto como la misma vida del crítico.

A mí particularmente me traen sin cuidado los gustos de estos críticos —y fíjense que esta vez he hablado todo el tiempo en primera persona del singular— y me interesa todavía menos lo que hacen, que no es sino aplaudir o abuchear desde la soberbia o la ignorancia, rebajando el género de la crítica a una tarea de carácter rudimentario; y nunca se hace una apreciación más o menos objetiva de la obra en entredicho. Hoy por hoy, cualquier indocumentado se cree apto para redactar una crítica y mostrarla a un público que, de ser mínimamente exigente, ganará más en decepciones que en sorpresas gratas y, evidentemente, de crítica, nada; lo que a mucho estirar se encontrará el lector será una opinión pintoresca sobre un disco, un concierto o lo que sea (porque ni siquiera se le puede llamar descripción).

Cuenta la leyenda que hubo una vez en que podía uno fiarse de las reseñas. Ya no: son tan vagas y deleznables como lo que se lee por Twitter. Es precisamente por el desencanto descrito —y porque ya son demasiados los que zarandean el género— que dejo de usar la palabra críticos y paso a llamarnos blogueros incultos con ínfulas de intelectual.

[PS. Mi modesta opinión no me impide reconocer el buen trabajo que hay detrás de algunas críticas. El artículo presente es una generalización, en modo alguno tiene que entenderse que no haya persona en toda la red cibernética capaz de redactar una crítica decente.]

Escrito por Antònia Fontirroig

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