Del cariño a la animadversión (nihil novum sub sole)

A veces sorprende que algunas frases o canciones, incluso bandas, acaben por aburrirnos cuando antes nos parecían de lo más maravillosas. El desgaste a menudo hace que empiecen a parecernos tediosas y puede que hasta terminemos por no soportarlas (hartazgo se llama). Este desencanto puede deberse a varios factores (nuevos descubrimientos musicales que nos seducen más, sin ir más lejos), pero llama especialmente la atención cuando ocurre lo siguiente: tras convencerse uno de que ciertas canciones están hechas para uno y nada más que para uno (ni para ese o aquel o aquel otro; sólo para nosotros, es decir, “para mí”), comprobar después que otros tantos oyentes sienten exactamente la misma sensación de identificación y, por tanto, de apropiación. Al darse uno cuenta de ello empieza a ver a sus semejantes como “copiones”.

Cada año se dan cientos de casos en los que los más fieles seguidores de un grupo, al comprobar que este tiene demasiado éxito o que demasiadas personas lo admiran; desertan (por así decir) o se convierten en desafectos, incluso en detractores. “Si ya gustan a tanta gente, me doy de baja y me aparto” es uno de los pensamientos que los lleva a tomar esta postura elitista. Otra tendencia observada es el sentimiento de desposesión (“Esto ya no me pertenece sólo a mí”). Pero lo peor viene cuando se descubre que las personas que peor nos caen comparten nuestros mismos gustos (“Si me caes mal y te gustan mis grupos, me caes peor”), y es de un desagrado horripilante cuando uno de esos imbéciles coge nuestra canción favorita y empieza a citarla, a parafrasearla —a estropearla—; a apropiársela, en definitiva.

Me comentaba un amigo no hace mucho que necesitaba encontrar grupos más indie para escuchar, porque ya todo el mundo conoce a Vetusta Morla y Supersubmarina. Le recomendé entre otros a los potentes Kitai y le pasé un par de canciones. Luego de escucharlas me dijo que no le habían disgustado y que probablemente le acompañarían desde ese momento en Spotify. “Hasta que pase lo mismo que con Vetusta o Supersubmarina” pensé sin hacérselo saber, porque no es nada nuevo —nihil novum sub sole— y con casi todos pasa lo mismo: cuando ya se les ha cogido todo el cariño del mundo, los pajaritos que habíamos visto salir del huevo sueltan lastre y se le escapan a uno de entre las manos.

Es una norma con contadas excepciones: todas las cosas (cosas, sí; porque no ocurre exclusivamente en música) que nacen con vocación más o menos underground, experimental o rompedora, empiezan por gustar a unos pocos y, según van ganando adeptos, se acaban convirtiendo en un fenómeno de masas. Salvo poquísimas excepciones —valga la redundancia—, todo lo que empieza siendo alternativo, más tarde o más temprano acaba volviéndose comercial, hasta el punto en que uno se pregunta si los artistas hacen obras o más bien productos. “Se han vendido” se suele decir. Y esto que a algunos —como a mi amigo— les molesta tanto, para otros es una manera de crecer, de prosperar… De triunfar.

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