El amor fallido y la ligereza del viento: crónica de Escenario Cuadrilátero

Germán Prieto Guerra 

Demasiadas palabras estoy dedicando al tiempo del sábado, todas ellas camufladas en conversaciones de ascensor que susurran vidas monótonas sumidas en la rutina. Demasiadas palabras al viento y la lluvia, a los grados aproximándose a cero. También demasiadas pocas de las que merece -qué antónima frase- la noche de refugio en el Laboratorio de las Artes de Valladolid. Blanca la sala, colorida la noche.

Nada más aparecer en escena, un público recostado en las paredes, pequeñas partículas dispersas en el centro y un silencio sepulcral, me daban la bienvenida y con ella una primera degustación errónea de la velada.

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Fabián

Los asistentes, que en un principio sufrían letargo, fueron acercándose más y más al escenario, donde Fabián y su banda del Norte, directamente desde León, presentaba la llegada a la ciudad como Mordor. Diréis que igual no es el mejor piropo introductorio, pero sí la cruda realidad. Valladolid era Mordor, Escenario Cuadrilátero un microclima. Él, certero. Impecable en americana, acariciaba la guitarra y cantaba al amor, a las heridas, las cicatrices, las montañas “leoninas” y a su infancia. Un paseo ligero y una sensación de paz dejaba su estela.

Luis Brea aparecería en breve. Antes, movimientos de público auguraban la frase: “los últimos serán los primeros”. Una montaña irreconocible de cabezas ocultaban mi visión, y aunque no sea precisamente bajo, aquella noche un sector me ganaba por goleada. Sin querer enfrentarme con nadie ni sacar la navaja de paseo, me dispuse a colocarme en otra posición, alejada de gigantes y cabezudos colones. Además, Luis Brea y el Miedo hacían acto de presencia.

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Luis Brea

La gorra de Luis Brea oculta secretos indescifrables y él la llave mágica para hacer reír, reflejarnos en sus letras y brincar con sus melodías. Un directo vibrante y un acústico sin micrófono que algunos valientes se atrevieron a continuar, mientras narraba un San Valentín que parecía Halloween y confesaba faltas de ortografía, pusieron la nota alta a un concierto donde no faltó la ametralladora de grandes éxitos de discoteca (y lo mal que nos tratan en ellas), un viaje por la carretera de Valencia y festivales nacionales y una noche sin amor que empezó en susurro: “me encanta esta parte”. A nosotros también. Además, osó en invitar a Zahara automáticamente y explotar de la risa hasta en tres ocasiones mientras trataba de arrancar un verso.

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Zahara

Y por último, Zahara. Emocionada mientras dedicaba palabras hermosas a la organización -todos debemos hacerlo- se aventuró a repasar muchas de las canciones que han marcado una carrera de sobra dilatada y un especial hincapié en su último disco, “Santa”. Ella, sencilla, suave, la ligereza del viento hecho cuerpo. Es etérea, sus movimientos hipnotizadores. La libertad que sopla encima de las tablas y su voz leve tronaba entre las paredes de la sala. Esta vez no regalaba piruletas, algo que me pareció rotundamente mal. Esta vez éramos muchos más los que teníamos que dar las gracias por disfrutar de su energía, y rezar a nuestro Dios más cercano para que vuelva a una de las primeras ciudades donde vio nacer su carrera. Caída Libre y su coreografía, la última bala. Zahara mola mil.

Fotografías de María Prieto. A Germán le puedes encontrar en Twitter: @elArticodeGer. También dirige la revista cultural Micropolis Magazine y lo intenta con su vida.

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